Rencor: un veneno que destruye el cuerpo y el alma

· medicina, psicología, religión, salud mental
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El odio acumulado daña nuestra salud física y psíquica.

Evitemos que los disgustos y la incomprensión perjudiquen nuestra expectativa de vida y la de quienes nos rodean.


1. El hombre busca el bien
La teología nos dice que el hombre está hecho para el bien o tiende a él.
Un ejemplo lo tenemos en San Agustín de Hipona (354-430), uno de los Padres de la Iglesia Católica, quien sostuviera en su libro Las Confesiones “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”.
Esta frase, muy repetida en retiros espirituales, cuando nos dedicamos un pequeño tiempo a reflexionar sobre nosotros y Dios, nos enseña que por naturaleza buscamos lo positivo, expresado tanto por la fe en lo sobrenatural como en la tendencia a pensamientos que eleven nuestro ser a niveles superiores a nivel espiritual.
El rencor acorta nuestra expectativa
de vida y nos lleva a partir antes de tiempo

En otras religiones encontramos también la doctrina de la tendencia del hombre hacia el bien, que es sostenida incluso por quienes no pertenecen a ninguna creencia religiosa pero saben que las convicciones éticas y morales son inherentes al ser humano.

Si el hombre tendiera al mal no tendría salvación de manera individual o colectiva; al decir “salvación” no nos referimos al alma sino a la perfección del ser humano, que debe ser siempre buscada.
Así, quien tiene la experiencia de una existencia positiva salva su vida. Veamos a nuestro alrededor y encontraremos a quienes se van hundiendo día a día con acciones negativas que a veces llegan al delito, perjudicando sin motivo la vida de sus semejantes y acortando la suya propia.

Las religiones, al igual que muchas filosofías basadas en el humanismo, reiteran la necesidad del amor, que trae paz a nuestro espíritu y con ello alarga nuestra expectativa de vida.
Cuando tendemos al mal vamos en contra de nuestro ser, causando una situación negativa que nos afecta en cuerpo y alma.
El estrés, la presión de la vida cotidiana, más en estos tiempos tumultuosos, acortan y perjudican nuestra existencia aunque no nos demos cuenta de ello hasta que es demasiado tarde.
Un ejemplo de esta situación se da cuando cedemos al rencor. A menudo este sentimiento permanece en una persona durante mucho tiempo, centrado en otro ser humano. Esta situación puede acortar nuestra expectativa de vida, causndo a quien tiene rencor un efecto negativo mayor que el deseado a quien en algún momento le hizo un daño o causó un problema que trajo perjuicios.
Nuestros objetivos en la vida deben superar las pequeñas rencillas y situaciones que a menudo se nos plantean, impulsadas muchas veces por la inconsciencia e irresponsabilidad de quienes están en cosas pequeñas, dejando de lado lo que realmente hace a la trascendencia de la vida y a situaciones decisorias respecto al destino personal.
2. No ceder al instinto del mal
La vida a menudo nos da a través de otras personas momentos negativos y tendemos en un primer momento a buscar venganza o represalias.
Esta actitud se vuelve contra quien la impulsa. Así como hacer el bien produce el bien, ocurre lo mismo con el mal.
La historia personal de quienes han intentado venganzas muestra que su alma y su corazón quedaron dañados por esto, con un efecto negativo que amplifica el primer daño.
Las acciones negativas pueden ser un boomerang: nuestra alma se deteriora, nos vamos degradando y el retorno es difícil.
Si miramos el mundo con rencor todo nos parecerá malo y nada nos traerá éxito y logros; si en algún momento lográsemos un objetivo buscaremos la forma de volverlo contra alguien, que quizás ya nos ha olvidado u ocupa su tiempo en cosas más positivas.
3. Ningún acto negativo es gratuito
El paso del tiempo nos muestra además que ni vengador ni vengado son los mismos a medida que la vida transcurre.
El filósofo Heráclito de Efeso, un presocrático griego, quien viviera aproximadamente entre los años 535 y 475 antes de la Era Cristiana, decía: “Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río”; esto se aplica también a nuestro cuerpo y alma.
Así como el río, el arroyo y cualquier curso de agua llevan el mismo nombre pero sus aguas cambian continuamente, también el ser humano mantiene durante su existencia el mismo nombre y apellido, su identidad en el mundo, pero tanto su cuerpo como su alma evolucionan con el tiempo.
La vida nos muestra que quien hace el mal recibe las consecuencias de su obrar, tarde o temprano. Por ello, es importante que no arruinemos nuestro futuro rebajándonos al nivel de quienes odian y dañan la vida ajena, lo cual repercute en la propia.
Los seres humanos cambiamos con el tiempo y la vida nos enseña que el rencor y los deseos de venganza se vuelven contra quien los guarda en su corazón.
No perdamos el tiempo en cosas que nos perjudican; miremos hacia adelante.
La vida, nos enseña la experiencia, pondrá por sí misma las cosas en su lugar.
Construyamos el futuro personal y de nuestra familia con proyectos que nos permitirán una plena realizacion.

Transformemos nuestra vida para bien; cada experiencia es una nueva lección en un aprendizaje que no concluye aunque pasen los años. Esto incluye el daño que puedan habernos hecho, que debe transformarse en un hecho positivo, una experiencia que sirva para crecer y así lograr que, pasado el tiempo, miremos hacia atrás y estemos cada vez más satisfechos de nosotros mismos. Alberto Auné

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