Soren Aabye Kierkegaard: el origen de la filosofía de la existencia

· filosofía, pensamiento
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Retrato de Soren Kierkegaard, circa 1940, basado en un bosquejo de Niels Christian Kierkegaard. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

La filosofía occidental construyó, bien adentrado el siglo XIX, las bases de un fuerte edificio racional e ideológico, so­bre la base de muchos siglos de casi ininterrumpidos aportes al pensamiento griego.
En esta escuela filosófica, Parménides podría ser definido como un puro defensor de la filosofía “de las esencias”, ya que la “existencia” se revela como un dinámico factor ponderable en todas las demás corrientes del discur­so filosófico.
Esto ocurre inclusive en la escuela que, con Kant primero y Hegel después, pareció indestructible.


Una nueva visión filosófica

Soren Aabye Kierkegaard, pensador danés, nacido en Copenhague en 1813, profundizó y destacó la importancia de la acción y la vida frente a la teoría y al puro saber.
Para ello levantó los nuevos pilares del pensamiento que luego se alzarán como “filosofía de la existencia”, con lo cual la filosofía deja de constitur una observación neutral e imparcial, pasando a comprometer el empeño y la decisión total de la persona.

Kierkegaard sostuvo:

“Lo que me hace de veras falta es ver perfectamente claro lo que ‘debo hacer’, no lo que debo saber, fuera del conocimiento estrictamente requerido para todo obrar. Lo que me importa es entender el propio sentido y definición de mi ser, ver lo que Dios quiere de mí verdaderamente, lo que debo hacer; es preciso encontrar una verdad; la verdad es para mí hallar la idea por la que yo quiero vivir y morir”.

Al respecto añadió:

“Lo que me hacía falta era llevar una vida perfecta­mente humana, no una vida de puro conocimiento, hasta llegar a cimentar mis reflexiones mentales sobre algo… tan hondo como las más profundas raíces de mi existencia, por las que estoy, por decirlo así, inserto en lo divino y aferrarme a ello aunque se hunda el mundo”.

La educación de Soren Kierkeqaard fue, según él nos dice, “insensata”.
Su padre se creía condenado por sus faltas y la reacción fue la huida del futuro pensador de la atmósfera familiar.
Hacia 1840, después de un agitado período de mal estudiante y de vida disipada, se produce la crisis interior que decidirá su vida: vuelve a la religión, de la cual se había alejado.
Entonces estudia y aprueba exámenes de teología, defiende su tesis de doctorado y pronuncia sus primeros sermones en Copenhague.
Al decidir con quién compartir su vida lo hace eligiendo a una joven de 17 años, Regina Olsen, quien no es ni mística ni romántica, pero pasado un tiempo la pareja no se consolida y tras muchas dificultades se separan.
Comienza entonces a escribir, participando en debates y polémicas donde pone a dura prueba sus concepciones reli­giosas.
El 2 de octubre de 1855 cae desmayado en la calle y en el hospital, el 11 de noviembre del mismo año, muere a los 42 años de edad.
En 1843 escribió O lo uno o lo otro, un fragmento de vida, en dos volúmenes, también conocido como La alternativa, obra que incluye el Diario de un seductor, que para muchos estudiosos es una suerte de mensaje cifrado a Regina Olsen.

La principal batalla de este filósofo se libra contra la Razón, por lo cual su principal adversario es Georg Hegel (1770-1831).
Al querer conciliarlo todo, observa el pensador danés, la dialéctica hegeliana disuelve y volatiliza líneas diferentes, obteniendo una “argamasa intelectual”, y si todo es verdadero “hasta un cierto punto” resulta que “nada es verdadero”.
Aun cuando se pueda construir un sistema de ideas lógico, éste no tendrá ningún valar real.
“La existencia es lo que separa”, pues se puede muy bien combinar conceptos, pero lo real no está formado por conceptos sino por individuos existentes. Su existencia consiste en que están dados cada uno “en sí” es decir, aparte de los otros y fuera del pen­samiento (Roger Verneaux).
Hay, dice Kierkegaard, una lucha a muerte trabada entre el pensamiento y la existencia. La filosofía no puede, como lo ha hecho antes, buscar la verdad de modo objetivo y desinteresado, con abstracción de la individualidad del pensador y aun de su misma existencia.
Lejos de residir la verdad en la objetividad impersonal, se halla en la subjeti­vidad, es decir, en la atención a sí mismo.
Por supuesto, siguien­do sus ideas, la fe no tiene nada de común con la “especulación” racio­nal, abstracta, objetiva y desinteresada, sino que es de orden existencial, una comunicación entre dos existentes: el creyente y Dios.


Nuestra relacion con lo Superior

La fe es un movimiento apasionado, una tensión de todo el ser.
El interés supremo del hombre es existir, pero no lo condena a dejar de pensar sino que lo lleva a la subjetividad.
Las cate­gorías kierkegaardianas no son conceptos como en Aristóteles ni leyes del espíritu como en Kant sino caracteres concretos, impensables, incomprensibles que constituyen la individualidad de cada hombre.

Hay varias categorías: la de lo único; cada nombre es un ser que es él mismo, dis­tinto de todos los demás, cada una es original y excepcional; la del secreto: cada conciencia forma un mundo cerrado y todo lo que diga respecto a sí mismo será tan incompleto como si nada hubiera dicho.

Por eso Kierkegaard publicó gran parte de sus obras bajo diversos seudónimos, ya que ninguno podía expresar la complejidad de su vida interior; la del devenir; la existencia humana es un esfuerzo perpetuo por superarse, por conquistarse, por llegar a ser uno mismo; la del instante: la existencia humana es un devenir, pero sólo nos es dado el presente, en el cual se juega nuestra vida, donde podemos hace un acto de libertad; la de la elección: la libertad implica una elección, una alternativa, en un elegirse, en consentir en ser lo que se es y en querer devenir lo que no se es; la del ante-Dios: ésta es una categoría de orden religioso, pues cada hombre puede entrar en co­municación directa con Dios, la vida cristiana no sería más que una “soledad ante Dios”.
Cada individuo, sostiene, está “aislado frente a Dios, solo en la inmensidad de su esfuerzo y su responsabilidad; he ahí el heroísmo cristiano” y por el pecado asume su finitud y su pérdida, pero también comienza la obra de su salvación.

La última de las categorías que estableció y que preocupó intensamente a Kierkegaard hasta el punto de consagrarle un libro, El secreto de la angustia, es precisamente ésta: todo hommbre, aun el más despreocupado o dichoso, vive angustiado por el mero hecho de ser hombre.
La angustia revela al hombre a sí mismo y, como el pecado, señala conjuntamente su miseria y su grandeza.

Los exegetas de Kierkegaard han descubierto junto a su angustia negativa otra positiva, a la que se podría denominar esperanza.
Es conocida la distinción kierkegaardiana de tres esferas de existencia. Ellas son, sumariamente enunciadas, la estética -vida de gozo, ligera, sin existencia-, la ética -consagrada al deber; el hombre se eliqe cumpliendo su deber- y la religiosa, en la que el hombre existe en el más alto grado, puesto que la fe lo pone, solo y pecador, ante Dios.

Karl Jaspers sostiene:

“Kierkegaard quiere tan sólo una cosa: que el hombre acceda a la seriedad. Algunos, indignados contra sus exigencias, que pa­recen perderse en el vacío, lo consideran como un gran sofista que, con una inagotable abundancia de fascinantes ocurrencias, con una capacidad verbal inaudita -mediante la cual, según los entendidos, condujo al idioma danés hasta una nueva cima- con una dialéctica irresistible, arrojaría a sus lec­tores a la confusión. Pero éstos no saben quién es Hierkegaard. Es cierta, en cambia, que las que se arriesgan a discutir y a reflexionar con él corren peligro de encontrarse presos en un campo ilimitada de reflexiones más a me­nas ingeniosas, en el cual, al faltarles la seriedad kierkegaardiana, ellos mismos se convierten en sofistas, debido a su falta de sustancia. ¿Quién era pues Kierkegaard? El se consideró a sí mismo como excepción… Interpretando su existencia, Kierkegaard piensa que en cada generación hay dos o tres seres humanos que son sacrificados a los otros y que deben descubrir, en su sufrimiento atroz, aquello que beneficiará a los demás. Se siente borrado por la mano poderosa de Dios, apagado como un intento fracasado. Yo soy, dice Kierkegaard, un hombre que podría resultar necesario en una crisis, un cobayo para la vida. Estoy ahí como abeto solitario, egoístamente apartado y vuelto hacia las alturas, sin arrojar sombra y sólo la paloma torcaza hace sonido entre mis ramas. Afirma ser una boya marina, de la que nos servimos para orientarnos, pero que evitamos al pasar; un espía que al ser­vicio de Dios descubre el crimen de la cristiandad, el crimen de llamarse cristiano sin serlo”.         ;

Filósofo con buenas dosis de poeta, Kierkegaard ejerció gran influencia entre los pensadores existenciales del siglo XX y en otras existencias angustiadas como la del gran pensador español Miguel de Unamuno (1864-1936). “Si tuviera que pedir -escribió- que se pusiera una inscripción en mi tumba, no querría sino ésta: Fue el individuo; y si esta palabra no es comprendida aún, algún día lo será de verdad”. Alberto Auné

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